13 ago 2009
by Daniela Puig
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Etiquetas: gimnasio salud comida gula dieta light humor ejercicio físico cuerpo
Me declaro sedentaria por un tema obvio, no me gusta correr en una cinta encerrada en cuatro paredes con música electrónica que hasta un punto te llega a alienar, porque no me gusta el ambiente “gimnástico” y tampoco quiero pagar para estar ahí a menos que sea en una clase de box o algo así, las cuales hay pero no en los horarios en que pueda asistir. Sin embargo, hace unos meses atrás aconsejé a Matías de ir al gimnasio pues como es un “oficinista”, sus únicos movimientos se limitan en algunos pocos metros cuadrados y porque casi todo el día está sentado delante de una computadora….aunque yo tampoco soy muy diferente a eso, ya que como “intelectual”, paso sentada la mayor del tiempo cursando la facultad o estudiando, siendo mis únicas corridas las de alcanzar el 160 que siempre se me va cuando estoy cruzando hacia la parada. Además entre hacer el segundo nivel de italiano y el gimnasio, lo primero me importa más. Y si bien hacer ejercicio físico va más allá del cuidado de la apariencia y pasa por un tema de salud, las cosas al parecer se me han ido de las manos. Cuando volví a casa, Matías ya no iba sólo una vez al gimnasio, sino tres veces y había dejado de comer pan, pasando a ser una especie de “hombre-pájaro” porque su dieta, además de un extraño queso insípido en crema eran las semillas, una de ellas la de Chía que, según dicen, sirve para todo. Me sentí extrañada a ver que mi compañero de corazón, ya no lo era de comidas pues ahora es él el que se compra los yogures Ser con cereales sin azúcar y utiliza edulcorante para su café…y de repente, una idea machista pasó por mi cabeza…¿es que se han invertido los roles?, ¿no debería ser yo la que ande consumiendo todo lo que es light y que cuando salimos a cenar, sea yo la que pida el agua saborizada y no la gaseosa que te hincha?, OMG…¿qué ocurrió con el orden cósmico entre mujer y hombre?, ¡¿en qué convertí a Matías?! O tal vez sea algo peor, que me doy cuenta que debería seguir sus pasos y empezar a consumir todo lo que sea 0%, pero como todas las historias tienen un happy ending, Matías cayó de nuevo en la tentación gracias a mí, pues si Adán no se pudo resistir a una manzana, menos lo haría si ésta fuera de caramelo.