Cuando la educación no alcanza

Nunca he sido de esas personas que valora mucho los estudios que tenga una persona al momento de conocerla. Creo que uno debe guiarse por otros patrones para “calificar” al otro, ya sea por su simpatía, sinceridad, sentido del humor, etc., cosillas que no se aprenden en ninguna universidad ni en ningún posgrado. Es más, muchas veces las personas más educadas son las menos educadas socialmente o las menos ubicadas. ¿Por qué sucede esto?, ¿es que la intelectualidad te lleva a ser grosero, impertinente o altivo?, ¿el haberte titulado te da tantos aires de grandeza que dejas de ser la persona con valores que alguna vez fuiste? Cuando refiero a “educada socialmente”, es que hay ciertas reglas en las relaciones sociales o de conducta, que sumado al sentido común, te hacen ver como una persona normalmente capaz de estar en sociedad y poder establecer vínculos con los otros, pero cuando hay una ausencia de esto, ¿qué se puede pensar? No hace mucho me llegó una situación así. Se hizo un comentario tan desubicado, una pregunta tan fuera de lugar que no pude creer que esa persona haya sido capaz de formularla. Es como si en un funeral, comenzara a ironizar o hacer bromas sobre la enfermedad del que falleció o empezara a ventilar los más íntimos secretos de quien en paz descansa. Yo quedé con la boca abierta, descolocada y con un gran signo de interrogación en mi mente pues ¿de qué te sirve tener una buena educación si vas a decir una tremenda forrada y a su vez estás buscando construir una nueva relación de amistad y de confianza? Sirve para hacer contactos, para tener una vida rodeada de gente como tú, de tu mismo nivel intelectual que se pelea por leer lo más cool  y que jamás de los jamases bajaría de Plaza Italia. Por eso es preferible estar con gente que tenga sabiduría de vida o experiencia, porque de ellos se aprende a ser lo que uno es, y no contactar ni traer de nuevo a la vida a quienes ya has dado por muertos.

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